Los lectores que lean el título de este artículo crean que voy a tratar el proceso que comenzó en Japón durante la revolución social que devino con la instauración Meiji y que llevó a un cambio radical en el pensamiento de las artes marciales japonesas y que se confirmó después de la perdida nipona durante la Segunda Guerra Mundial. Considero dicho tema ya algo manido, no por mi parte que considero que hay muchos puntos a considerar al respecto, pero si por ser las bases del Gendai Budo y por tanto sus principios que han monopolizado la opinión al respecto.

 

Para aclarar, por tanto las dudas que puedan surgir después del desmentido en el párrafo anterior, el proceso a tratar es lo que llamaré en adelante, de forma tediosa, la gendaibudización de las artes clásicas. Desde luego que quizá sea una licencia extralimitada, pues combino una palabra japonesa con una sustantivación española. No obstante, si tomamos su significado en contexto considero que es la mejor forma de entenderlo. Como entiendo que pueden ser temas que traigan a relucir las susceptibilidades de cada uno de los lectores seré especialmente cuidadoso en ser descriptivo y en ningún caso calificativo. Si en algún momento me excedo en mis aseveraciones se deben a mi opinión y celo personal.

 

Gendai Budô (現代武道) se traduciría literalmente por los caminos personales militares de los tiempos modernos, pues Gendai se refiere a “época moderna”, “días actuales” y Budô se compone de Bu, que se traduciría por “militar” o “marcial” y Dô se refiere a “senda” o “camino” en su lectura Kun’yomi de Michi, pero que al juntarse y pronunciarse de forma On’yomi como Dô pasa a ser entendida como una senda personal. El Gendai Budô se desarrolló en un periodo de profunda crisis japonesa. Crisis en sentido económico, cultural, identitario, social, etc., que devino en un profundo cambio estructural en todos los cambios. Los finales del periodo Tokugawa allá por los años 60 del siglo XVIII de nuestra era fueron tremendamente turbulentos, pues la presión interna en la que el estamento aristocrático samurai venía a menos con la frecuente ruina de su modelo de estado y las presiones de la clase comerciante que pasó de ser la escoria social a una clase con el peso suficiente que le faltaba a la clase gobernante, el dinero, y sobretodo también las presiones externas por parte del internacionalismo y la globalización del comercio hicieron del sistema militarista que había perdurado siglos se viniera abajo desde su base. Todo lo que significó samurai se vino abajo, y por tanto toda su cultura.

 

Por mis tierras se dice que “a mar revuelto ganancia de pescadores”. Toda crisis genera oportunidades únicas para quien es capaz de visionar el nuevo estado que deviene frente al inmovilismo que piensan que las crisis son desajustes que más pronto o más tarde vuelven a la normalidad. Jamás puede ser así. En las crisis como en cualquier régimen turbulento hay ganadores y perdedores.

Nuevas formulaciones de las artes clásicas, posteriormente denominadas como Gendai Budô permitió cubrir con un velo de nueva perspectiva las prácticas marciales. Acercó a una universalización de su práctica reformulando el militarismo hacia una aproximación educativa o deportiva.

 

Sin embargo, las viejas formulas se quedaron con la crisis decimonónica. Bueno, no del todo. La esencia de una cultura longeva, al menos tanto como 8 siglos, no desaparece tan fácilmente. Sobre todo cuando el militarismo es la base de toda su esencia.

 

Llamémoslo propiamente koryû o no, teniendo en cuenta que koryû es toda arte que es anterior a la instauración al periodo Tokugawa a comienzos del siglo XVII o, por el contrario,  como contraposición al Gendai Budô aunque no sea la forma más aceptada por los estudiosos. Las artes clásicas portaban con ellos una cultura, una forma de actuar y de ser. Ko (古) léese como furui y significa “viejo”, “antiguo” y Ryû (流) que se lee nagare y significa “flujo”, “corriente” o a veces por su amplio uso en ese sentido como “escuela”. Por tanto, más allá del evidente “escuela antigua” deberíamos traducirlo como una “corriente antigua” en el sentido de un flujo de agua que poco a poco va creciendo, va erosionando el terreno por el que recorre y se asienta, se aposenta.

 

Lejos nos queda la completa comprensión de las implicaciones que esto tenía, pues estamos cerca del meollo de la cuestión. Los estudiantes de artes clásicas en la actualidad se satisfacen al pervivir con ellos lo que llaman el tradicionalismo, las artes “puras” que no fueron alteradas por la crisis cultural. Por estudiar y practicar artes no modificadas con el paso del tiempo.

 

Desde esa perspectiva incurrimos en una falacia infantil. Pensar que la herencia no es tocada por ninguna de las generaciones es una infantilidad. Por más tradicionalistas que seamos, no podemos engañarnos creyendo que somos fieles espejos de lo que fue, pues nuestro espejo, por más limpio, pulido que esté siempre arroja lo que en ello queremos que se refleje. No me preocupan las vendas conscientes, sino las inconscientes, las que dejan nuestra marca en la transmisión.

 

En cualquier caso, no hemos emprendido este viaje reflexivo para hablar tan sólo de la transmisión, sino para alertar que ahí reside el problema de la gendaibudización. Este proceso viene cuando nuestro único aporte sobre la práctica clásica reside en creer que las técnicas tienen un mayor trasfondo. Esto es tan superficial que cae por si mismo cuando vemos que eso sólo depende de perspectivas. En occidente nos gusta poner nombres a todo, a quien inventó esto, o quién descubrió esto otro. La realidad es que aunque haya un símbolo, este es sólo parte de un movimiento.

 

Los estudiantes clásicos acostumbran a ver a sus artes como una práctica profunda, que ahonda en conceptos enraizados en el pasado. Todo eso está muy bien. Sin embargo, la realidad es que las escuelas antiguas aportaban algo que trascendía de esas cualidades. Adentrarse en una escuela antigua suponía identidad, suponía pertenencia, pues no se adentraba en una actividad extraescolar o extracurricular como veo que la gente hace hoy día. Era una dedicación vital, era la pertenencia a una cultura, a un legado.

 

Recuerdo cuando siendo más joven en mi estudio acostumbraba a realizar aseveraciones con holgada soltura y me daba golpes contra barreras por pensar en mi legitimidad. Lo cierto es que nuestra forma de pensar occidental no se adecua demasiado a la forma de pensar clásica japonesa. La forma de pensamiento es quizá el primer punto a reconocer, pues sin cambio de punto de encaje no existe aproximación clásica ninguna.

 

No obstante, son tantas las cosas que diferencian una escuela clásica, empezando por el carácter, por las relaciones, por los comportamientos y acabando en la comprensión de las acciones y de lo que nos rodea. Quizá sea una de las tareas más difíciles que le esperan al estudiante.

 

Todo ello reside en la concepción anunciada previamente, en la asunción de la práctica clásica como un principio de búsqueda por una carencia dentro de las prácticas modernas, pero que su imitación con formas más clásicas o ejecuciones más violentas poco tienen que ver con el verdadero estudio clásico.

 

En occidente, y cada vez más en oriente, pecamos de soñadores a tiempo parcial. Sufrimos demasiado por nuestros deseos que nos aprisionan, y nos llevan a buscar lo que creemos que son las cosas. Eso conlleva a una descoordinación. Nos dejamos confundir y confundimos en consecuencia. Todo está bien mientras nos haga bien, o por lo menos, mientras seamos responsables para aceptar las consecuencias.

 

Por ello, los estudiantes clásicos son los que deben realizar dicha jornada de entendimiento, pues la adaptación a los tiempos modernos, por asimilación a las fórmulas de éxito, tan frecuentemente realizada por escuelas clásicas, no puede ser una escusa para añadir más leña a la caldera de la controversia, y sí para ser capaces de iluminar el valioso legado cultural que las escuelas clásicas, en su propia identidad, poseen por ser un patrimonio único y referencia antropológica e histórica única.