“Los cuatro acuerdos:

1.       "Sé impecable con tus palabras".

2.       "No te tomes nada personalmente".

3.       "No hagas suposiciones".

4.       "Haz siempre lo máximo que puedas".”

Extraído del libro homónimo de Miguel Ruiz

 

Con permiso, pido que hoy nos centremos en el segundo de los cuatro acuerdos. Viendo recientemente una serie televisiva comprobé como hábilmente el protagonista tendía una celada a un antagonista haciendo que cayera en el más grave de sus errores: hacer personal su “cruzada”. El rumbo de las acciones, rocambolesco, hicieron que el inteligente antagonista, creyéndose dominador de la situación, manejando las piezas del tablero, al menos las que él creía controlar, con rigurosa meticulosidad, cayera poco a poco en su peor enemigo: Nosotros mismos.

 

Desde el punto de vista estratégico, nuestro nunca indiferente antagonista trazaba su ruta con extremada dedicación. Se servía de la estructura de poder que lo soportaba, conjuntamente con la confianza de sus poderosos aliados. Sembrando una atmosfera de desesperación y generando disensión en su enemigo. Envolviéndolos y cercándolos de forma que difícilmente se vislumbraba una solución favorable a nuestro simpático grupo protagonista.

 

Sin embargo, la clave resultó en la moralización de la batalla. El imperturbable enemigo pecó de exceder en su celo por el caso, y eso fue su perdición. La dogmatización del asunto pasó al terreno personal, aprovechado eficazmente por el astuto protagonista, el perseguidor acabó siendo presa de la propia trampa que tendía dando con sus huesos en la cárcel. Entonces ya daba lo mismo quién tuviera razón. Y es que la mejor estrategia siempre es la verdad y cuanto menos decorada y más sencilla, mejor estrategia.

 

El llevar nuestro campo de batalla al terreno personal puede ser un acierto, pero también un gran error. De hecho, es muy posible que sea nuestra perdición pues nuestros aliados dudaran de nuestra defensa tenaz de nuestras causas, pues entonces ya no importan ni ellos ni nadie, somos sólo nosotros. Además todo contraataque irá sobre nosotros mismos, pues es nuestra cruzada.

 

No tenemos que hablar en términos estratégicos. En la vida, hay mucho más allá de la estrategia.  La personalización de los asuntos nos lleva a asumir posicionamientos que están intrínsecamente ligados a nuestro yo. Cualquier vibración sobre nuestro asunto se hará sentir correlacionalmente en nuestro yo. ¿No es feo cuando un amigo insiste en una decisión porque se ha trasformado en algo personal?

 

Veamos en el mundo profesional, cuando la intuición en un proyecto o tarea se hace persistente y convierte su aspiración en imposición intrínseca. Las imposiciones tienen poco de lógicas y mucho de empecinamiento ignorante y egocéntrico.

Podemos tener toda la razón del mundo pero si se personaliza, ya hemos perdido. Pues identificaremos nuestro ser con nuestro deseo férreo en lo que creemos.

 

Siguiendo en esa vía, nuestra ignorancia se muestra patente en la obcecación de no ver lo que está más allá de nuestro cometido. Nuestra ignorancia se tiñe de arrogancia que impone, que reniega de los demás, de la capacidad de armonizar y sí de imponer. Falta de equilibrio personal al fin y al cabo.

 

En perspectiva de desarrollo personal, el tomar los asuntos de forma personal nos obstruye y detiene, nos identifica con patrones inmovilistas y anclados en algún momento pretérito. Sinónimo es la defensa tenaz de nuestras posiciones en forma de justificativas y escusas. El sabio no justifica, sino que escucha y simplemente supera.

 

 

Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, alumno significa: “ del latin alumnus, alére, persona criada o educada desde su niñez por alguno, respecto de este. Cualquier discípulo, respecto de su maestro, de la materia que está aprendiendo o de la escuela, clase, colegio o universidad donde estudia.”

 

“El maestro aparecerá cuando el alumno esté preparado”  (Antiguo dicho)

 

Vivimos tiempos muy curiosos. ¿Cuántas veces hemos escuchado este antiguo dicho acerca de la vía del alumnado? Seguro que miles de veces. Casi tantas como aquellas en las que hemos oído, y también comentado (el que esté libre de pecado que tire la primera piedra pero sin esconder la mano), las infinitas cualidades que se le presuponen a un buen maestro. O mejor dicho, a lo que creemos que es buen maestro. Pero, ¿cuántas veces nos hemos parado a pensar qué significa ser alumno? Y me refiero a reflexionar de forma sincera. Claro que todos diremos enseguida qué pregunta más sencilla, pero, ¿de verdad lo es? ¿De verdad sabemos cuál es el significado de esta palabra?

 

Es corriente de los tiempos actuales el emplear las palabras sin conocer su significado. Querer ser sin saber lo que ello implica, y, más grave aún, sin saber qué es aquello que queremos ser. Con la palabra alumno no es diferente. Es más, hasta podríamos decir que en muchos aspectos y sobre todo en muchos ambientes, especialmente este mundo de las artes marciales, el autodenominarse alumno es el estandarte de la humildad. Claro que de la humildad que, la mayoría de las veces, queremos aparentar en nuestro mal disimulado intento de mostrar lo grandes maestros que somos.

 

Todos nos autoproclamamos alumnos de esto o de lo otro, pero, ¿realmente lo somos?

 

En los últimos meses he preguntado a varias personas cuál es en su opinión el significado de ser alumno, y para casi todos, la respuesta ha sido la misma: “ser alumno significa ser fiel a los principios que defiende la escuela a la que se pertenece”. La respuesta es incorrecta. Debemos ser capaces de abandonar la concepción de alumnado que hemos desarrollado en los últimos tiempos. Un alumno no es aquel que, en el caso de las artes marciales, acude al gimnasio tres veces por semana durante los cuales intenta parecerse lo más posible al profesor, al cual cree obligado por su aportación económica mensual a doblegarse a sus demandas como cliente. Ser alumno exige una cosa por encima de todas las demás: aprender. Esta es la principal obligación y característica del alumno. Y para ello es necesaria una participación activa dentro del proceso del aprendizaje.

 

Si atendemos a la definición dada por el diccionario anteriormente citada, hay una palabra que considero muy importante para su comprensión: alimentar. Cuando hablamos de alimentar, ya sea de forma alimenticia como en sentido figurado, estamos hablando de dar sustento a una serie de necesidades, sean estas fisiológicas como puede ser el alimento para el organismo o intelectuales y metafísicas. Es decir, que para que se produzca el proceso del alumnado debe existir primero una necesidad, en este caso la necesidad de un aprendizaje. Tenemos por lo tanto que el alumno debe tener primero la necesidad de un aprendizaje, la capacidad y la obligación de aprender y, al contrario de lo que se piensa, la humildad necesaria para recibir la enseñanza y la diligencia precisa para realizar un aprendizaje correcto.